Nunca conocí a mi abuelo Emilio.

A través de sus valijas colmadas de diapositivas y de sus palabras escritas en libros, pude sentir cómo el desierto lo atravesaba. Ese escenario heroico de viento y vacío reclamaba su presencia, lo llamaba a un destino incierto. En sus fotografías, y en aquellas de los que le siguieron, vi fragmentos de un territorio una y otra vez a lo largo de distintas generaciones, como si algo de ese paisaje nos mantuviera gravitando sobre él. Un horizonte infinito e invisible, un espacio definido por la ausencia, marca a una familia que mira hacia donde no hay nada que ver.

Es la naturaleza, mutable, eterna, la que nos observa y nos retrata. Es el perfume del instante en esa tierra el que persiste y me recuerda el pasado compartido.

Todos tenemos un paisaje que nos atraviesa al mismo tiempo que intentamos atraparlo.

Como si abriera el cajón de un mueble viejo, fui rescatando fósiles, clasificando mapas, ordenando fotos, dibujos, cartas y diarios de viaje. Como la arqueóloga del archivo familiar, fui reconstruyendo una historia, sus múltiples dimensiones, sus sombras. Haciéndola girar, la miré de distintas maneras. De la vida de un hombre a la fundación de una familia, una tribu, un pueblo. De la fuerza abismal del territorio a los primeros mapas, la medición, la ocupación y el dominio. De los restos fósiles de un pasado a las caminatas por el desierto sin margen, sombrío. Estuve suspendida en los bordes del reconocimiento, fui la mujer perdida en el paisaje.

Lo salvaje apareció en mis sueños en forma de animal.

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