CLARIN | Una identidad hecha de geografía por Julia Villaro (2019)

Imágenes tomadas por cuatro generaciones de su familia y poemas de la artista Laura Ferro son la materia del libro “Lo salvaje apareció en mis sueños”

Cuatro mujeres y un niño sostienen un águila inerte. El paisaje árido de la Patagonia aplana la foto: la piedra se erige impidiendo al ojo cualquier posibilidad de fuga, de abandono a un horizonte. Las mujeres toman al pájaro de las alas; el niño, por el pico. Lo despliegan como un estandarte, todos posan y sonríen. La imagen pertenece al archivo familiar de Laura Ferro, y ahora también forma parte de Lo salvaje apareció en mis sueños. El libro-obra combina las fotos tomadas por su familia en Puerto Pirámide, junto a un grupo de poemas, también escritos por la artista. A través de cuatro generaciones (la autora, su padre, su abuelo y su bisabuelo), ha persistido el deseo de retratar un paisaje. Pero en el trascurso de esos años, resultó ser el paisaje el que los estaba retratando a ellos.

 

Ferro comienza su libro con una confesión personal: nunca conoció a su abuelo. Por estos tiempos abundan las historias de artistas (y no artistas) que ahondan en sus genealogías en busca de aquellos fósiles afectivos que puedan convertirse en combustible para nuevas historias, al tiempo que den un poco más de luz sobre las viejas. El desafío es más o menos siempre el mismo: cómo dar a ese pequeño fragmento una carnadura que trascienda lo anecdótico; cómo hacer que la propia historia reverbere en todas las historias. Cómo encontrar lo universal en lo singular para conmover, y no solo conmoverse. Ferro lo consigue dejando que hablen las imágenes y las imágenes –a su vez–, dejando que hable la naturaleza.

 

Pero sin humanos no hay paisaje posible. Lo que vemos –sabemos– nos mira. Por más indómita que la naturaleza se presente, si se presenta es porque hay un ojo que la ciñe, la aborda, la recorta, y le imprime un modo de sentir y de pensar. Cualquier paisaje es, entonces, una construcción de dos, la interacción entre la manifestación natural y el ojo que la observa ser. De eso Ferro es muy consciente. Armoniosamente, trama un vínculo entre las palabras y las fotos, entre los paisajes y los retratos, entre los relatos y los silencios. En una suerte de sugestivo montaje paralelo, se suceden una toma en contra-picada de la imponente pirámide que da nombre al puerto con la carta, en ilegible manuscrito, que la bisabuela de la artista escribió a su padre. Ambas formas se imponen a la vista sin dejar ver más allá. Ambas ocupan el mismo espacio en un particular universo de recuerdos.

 

La historia de la familia en el sur argentino comienza a fines del siglo XIX, cuando el bisabuelo Ferro se instaló en esos terrenos de Península Valdés para administrar los campos de otro italiano. Alessandro Ferro explotaba las salinas y enviaba en barco su producción a Buenos Aires. También construyó un ferrocarril. “En la meseta, con mi familia nos perdíamos buscando tesoros de la Era Terciaria –relata la autora–. Una vez al año, sacábamos a la luz aquellas piezas que desde la época de mi bisabuelo fuimos encontrando en estas tierras”. Una tradición de búsqueda, una identidad construida a partir de una geografía, un árbol genealógico hecho de objetos encontrados. Silenciosamente, cada paisaje se las ingenia para entrar en nosotros y contribuir a darnos forma.

En un determinado momento de la reunión de las fotos de sus antepasados con las propias –la autora no determina si fue antes, durante o después–, Laura comenzó a soñar con esos paisajes de la infancia y depuró la escritura de esos sueños hasta configurar los versos que constituyen la tercera parte de su libro. (“Dos desiertos”, la primera de cuatro partes, está integrada por sus propias fotos y “Arquetipos de la Patagonia”, la segunda, por las del archivo familiar). Los poemas adquieren, entonces, también forma de imagen. Son instantáneas atemporales e imposibles donde las orcas amenazan, los terneros buscan la salida del mar y los niños juegan con los sabios. En uno de los pasajes oníricos, la casa familiar se resquebraja. “Los cajones se conservan aunque la marea los tape”, escribe Ferro. Los sueños son siempre imágenes infrarrojas que dejan ver lo que las fotografías cubren.

“Epílogo” se llama la cuarta parte, en la que la artista organiza las fotos tomadas por su padre. Y adjunto al libro se presenta un cuadernillo de tapas blandas, en el que se consignan los impolutos retratos, tomados por la autora, de los objetos de otras Eras. Esos que fueron trofeo de las expediciones familiares de la infancia.

Decía Roland Barthes que la forma antagónica a la del libro es la del álbum, a la que asociaba con lo circunstancial, lo azaroso y lo rapsódico. Cuidadosamente organizado, Lo salvaje apareció en mis sueños es un libro con temperatura de álbum, que germinando en lo azaroso y lo rapsódico, maduró hacia una idea propia. Como muchos proyectos fotográficos, encuentra en el pliego su mejor forma y dispositivo de exposición. Requiere intimidad, proximidad y tiempo; exige que los rostros de los personajes y los paisajes permanezcan frente a nosotros y nos sostengan la mirada. Nos obliga, entonces a un acto voluntario. Deberemos ser nosotros los que, despiadadamente, demos vuelta la página, para seguir hacia delante.

Link: https://www.clarin.com/revista-enie/arte/identidad-hecha-geografia_0_jZNI07VC.html

DIARIO EL CHUBUT | Presentación de lo salvaje apareció en mis sueños (2020)

Laura Ferro presentó su libro llamado “Lo salvaje apareció en mis sueños” el viernes en la Biblioteca Popular Asunción Cobo de Puerto Pirámides. En la mesa de presentación fue acompañada por Rita Carrizo, la vicepresidenta de la biblioteca.

 

“El libro es una búsqueda personal en la cual se entremezclan diferentes capas de la historia. El mismo incluye fotografías de paisajes, material de archivo familiar de fotografías desde el año 1900 hasta la fecha, y textos oníricos escritos en forma de poesía, entre otras cosas” presentó la escritora añadiendo que “la presentación consistió en una charla donde compartí el proceso de seis años de investigación y edición de la obra. Fue como mirar la historia desde un caleidoscopio, donde las diferentes capas y puntos de vista de una historia se entrelazan.
Luego, compartí una proyección audiovisual donde se relata el prólogo del libro acompañado por imágenes. 
Finalmente, con Rita abrimos la mesa de preguntas al público. Fue una iniciativa interesante que generó un intercambio muy enriquecedor entre las personas presentes. Me parece importante compartir y presentar este libro en Puerto Pirámides, ya que es una parte de la identidad de un territorio. Es un deber compartirla con la comunidad y en la Península, lugar donde esta historia y proyecto tuvo su nacimiento.
El año pasado gané la beca del Fondo Nacional de las Artes para un proyecto fotográfico en el que estoy trabajando este momento en Península Valdés. Es mi siguiente búsqueda atravesada también por esta geografía”.

 

Tenemos un paisaje que nos atraviesa


“Nunca conocí a mi abuelo Emilio. A través de sus valijas colmadas de diapositivas y de sus palabras escritas en libros, pude sentir cómo el desierto lo atravesaba. Ese escenario heroico de viento y vacío reclamaba su presencia, lo llamaba a un destino incierto. 
En sus fotografías, y en aquellas de los que le siguieron, vi fragmentos de un territorio una y otra vez a lo largo de distintas generaciones, como si algo de ese paisaje nos mantuviera gravitando sobre él. Un horizonte infinito e invisible, un espacio definido por la ausencia, marca a una familia que mira hacia donde no hay nada que ver.
Es la naturaleza, mutable, eterna, la que nos observa y nos retrata. Es el perfume del instante en esa tierra el que persiste y me recuerda el pasado compartido. Todos tenemos un paisaje que nos atraviesa al mismo tiempo que intentamos atraparlo. Como si abriera el cajón de un mueble viejo, fui rescatando fósiles, clasificando mapas, ordenando fotos, dibujos, cartas y diarios de viaje. Como la arqueóloga del archivo familiar, fui reconstruyendo una historia, sus múltiples dimensiones, sus sombras. 
Haciéndola girar, la miré de distintas maneras. De la vida de un hombre a la fundación de una familia, una tribu, un pueblo. De la fuerza abismal del territorio a los primeros mapas, la medición, la ocupación y el dominio. De los restos fósiles de un pasado a las caminatas por el desierto sin margen, sombrío. Estuve suspendida en los bordes del reconocimiento, fui la mujer perdida en el paisaje. Lo salvaje apareció en mis sueños en forma de animal.

Link: https://www.elchubut.com.ar/nota/2020-2-27-23-16-0-laura-ferro-presento-su-libro-en-piramides

MALEVA | Entrevista por Maria Paz Moltedo (2017)
 

Laura Ferro se anima a cuestionarse, a buscarse, a explorar dentro y fuera de ella. Y eso puede verse en la inmensidad de sus fotos, que con pocos elementos, un animal, un paisaje, cuentan un universo infinito. Desde chica disfrutaba fotografiar el entorno patagónico en el que creció, y hoy a sus 31 años a través de su particular mirada de fotógrafa y psicóloga junguiana, lleva recorridos y capturados desiertos, montañas, inmensidades y pequeñeces valiosas, como piezas arqueológicas. Hoy expone un poco de todo ese mundo que admira y sueña en «Tesoros de la Montaña», su muestra en Pagana, Casa de Arte (José León Pagano 2655), mientras prepara un libro donde que confluyen la psicología, la fotografía y la arqueología.


¿Cuál es la idea central de tu muestra «Tesoros de la montaña»?
La idea es mostrar como protagonistas de la escena: flechas, raspadores, herramientas tehuelches, piezas que fui encontrando dentro de la montaña a lo largo de mi vida, que pertenecen a la tribu originaria de la Patagonia. Y por otro lado muestro fotos más pequeñas de paisaje. Este es el lugar donde yo viví hasta mis 7 años (desde entonces vivo en Buenos Aires); a nosotros nos educaron en contacto con la naturaleza desde un lugar muy fuerte. Vivía en Bariloche pero como mi familia se dedica a la lana de oveja todos los fines de semana nos metíamos en el campo, sin teléfono, con luz a motor, para calentar agua tenías que cortar leña. Los tiempos eran otros, y eso es lo que más rescato de mi educación familiar, ese contacto con lo salvaje y con un tiempo más lento. La primera imagen que me viene siempre de la infancia es rodeada de animales.

Estudiaste psicología y fotografía ¿Cómo creés que se conectan en tu vida?
Yo me especialicé en la rama De Carl G. Jung de la psicología. Tiene relación con la simbología, las culturas, la antropología. Para mí la fotografía tiene algo de muerte, algo que pasó, que se extinguió, y está retratado en esa imagen para siempre. La psicología tiene mucho de eso también, al ir a buscar al inconsciente aquellas cosas que son parte del pasado, ese momento no se repite exactamente igual, pero son símbolos también, están ahí, presentes, actuando. La psicología me ayuda a darle contenido a la fotografía. Son medios para el autoconocimiento. Por ejemplo, estoy trabajando en un libro que tiene que ver con mis sueños sobre la Patagonia analizados simbólicamente; con fotos del desierto, que también simbolizan el desierto personal, ese que uno tiene que trascender cuando tiene una crisis. También tiene símbolos, objetos tehuelches, fotografías familiares de hace 120 años. Mi bisabuelo era socio de Cinzano en Italia y llegó a Península Valdés en 1888; ahí construyó el ferrocarril de Península para trabajar dos salinas. Mi abuelo, Emilio E.J Ferro, decidió quedarse y especializarse en ovejas. Escribió «La Patagonia inconclusa», «La Patagonia como la conocí»; yo hice una muestra con ese nombre en honor a él. Teníamos muchas cosas en común, le gustaba la fotografía también.


¿Y cuáles fueron y son las imágenes que siempre te invitan a disparar una foto?
Los paisajes, la naturaleza para mí siempre fue algo que me generaba disparar. Es como una sensación existencialista, te hace cuestionarte qué es el mundo, qué es este planeta, esta naturaleza tan perfecta. En Puerto Madryn, en el Ecocentro hice una muestra, «Uno», con fotos que tratan sobre esto; mi idea era que el hombre tome conciencia de la pequeña dimensión que tiene con respecto a la naturaleza. A mí me gusta aquello que me hace cuestionarme, que me genera una pregunta existencial. Yo siempre tengo esta dualidad de modo de vida, entre la naturaleza y la ciudad. Hace un tiempo aprendí a querer la ciudad, a encontrarle  el encanto a la parte cultural.

¿Hay fotos que hayas hecho en viajes que te hayan marcado?
Hace dos años tuve la suerte de conocer Japón desde la filosofía espiritual japonesa, con madre, mi hermana y una amiga japonesa que vivió en Bariloche. Ella nos pudo mostrar Japón, y fuimos al Monte Koyasan, conocimos el sintoísmo, una religión donde se alaba la perfección de la naturaleza, hay templos para el viento, los ríos, los bosques, yo dije «¡esta es mi religión!». Dormimos en un monasterio en la montaña; me impresionó mucho la alegría con la que la gente mayor vive, hice muchas fotos de la gente anciana, porque ahí es al revés, todo está dado para que puedan vivir una vejez con plenitud. Y ves personas de 95 años caminando en una fiesta de la tradición, sonriendo.


¿Cuál es tu ritual cuando hacés fotos de paisajes de la naturaleza? Las de la Patagonia por ejemplo.
Hay una foto de un ciervo que estuve tres horas sola atrás de un arbusto para sacarla; ellos se fueron a recorrer y yo me quedé quieta, escondida, camuflada con el paisaje. El ciervo miraba que había algo raro, hay cierta curiosidad en su mirada en la foto. Ese momento para mí fue único, es la brama, cuando el animal está en celo y pelea por las hembras; no sabés si va a atacar o va a salir disparando. A mí este tipo de imágenes, de historias, me generan un quiebre. Para mí es fundamental que lo que veas cuestione algo en tu estructura, en tu vida, que te deje con una pregunta. Si lo terminás de ver y terminás exactamente igual, mucho sentido no tiene. Para mí el camino es ese, ir evolucionando.
 

Link: https://malevamag.com/laura-ferro-la-fotografa-que-conmueve-con-sus-fotos-de-la-naturaleza-desde-un-abordaje-existencialista-entrevista-por-maria-paz-moltedo/

LO SALVAJE APARECIO EN MIS SUEÑOS | Por Carla Barbuto (2019)

 

La semana pasada fue presentado en Buenos Ares "Lo salvaje apareció en mis sueños", el libro-obra de la artista Laura Ferro. Conozcan la historia que comenzó allá por el Siglo XIX con un abuelo pionero.

 

Durante cuatro generaciones, la familia de Laura Ferro se dejó atravesar por el desierto de la Península Valdés (Chubut) y fue haciéndose de un tesoro formado por mapas antiguos, fotos del 1800, huesos y piedras fosilizadas. Ese tesoro, guardado en una caja fuerte en el campo, fue ritual familiar y ahora forma parte del libro-obra “Lo salvaje apareció en mis sueños”, el cual fue presentado en Buenos Aires la semana pasada.

Seguimos el trabajo de Laura desde hace tiempo, la llamamos, le preguntamos por su libro, por la presentación y ella necesita compartirnos la historia de su bisabuelo, Alessandro Ferro, pionero en el Patagonia del siglo XIX, para respondernos. 

 

“Tenía la idea de hacer un libro más acotado, que se llamaba “Los dos desiertos”, lo trabajé en clínica con la artista Leila Tschopp y al tiempo hice un taller de historia de la fotografía, espacio en el que conocí a Guadalupe Gaona. Para ese momento yo ya había hecho un registro de los archivos familiares de una colección de fósiles y de reliquias que se fueron encontrando en las tierras de Península Valdés desde el año 1880 hasta la fecha”, y así nos cuenta Laura cómo la historia familiar se fue colando en su proyecto editorial.  

“Mi bisabuelo llegó por aquellos años a la Patagonia y se encontró con el desierto vacío y con dos salinas; así se decidió a construir un ferrocarril para explotar la sal. En el transcurso, fue encontrando piezas porque el lugar está rodeado de historia paleontológica de la Era Tercaria”, continúa contando Laura.

 

El ritual y la búsqueda del tesoro 

Sabemos que caminar el desierto patagónico te lleva a encontrar tesoros inimaginados; piedras maravillosas, huesos fosilizados, puntas de fecha y, en el caso de la familia de Laura, mapas antiguos y fotografías antaño. “Cuando uno camina por esas mesetas va encontrando tesoros, mis hermanos lo siguen haciendo. Se hace desde el lugar del juego y eso, a lo largo de cuatro generaciones, generó que se fueran acumulando y que cada uno tenga su caja con sus búsquedas, con sus historias”.

“Todo ese material estaba en una caja fuerte que está en el campo y una vez al año, mi padre sacaba todas estas piezas, desde la más chiquita a la más grandiosa, y nos iba contando un relato. Hace un tiempo, como este ritual se perdió, quise traer esas piezas a Buenos Aires, registrarlas como un objeto único, como un tesoro y  digitalizarlos”, nos cuenta Laura y comenzamos a entender cómo la historia familiar de las cuatro generaciones comenzaba poco a poco a ser un libro maravilloso.

 

Todas esas piezas guardados en una caja fuerte campera se situaron en el centro de la escena. “Cuando conocí a Guadalupe le dije: ´Tengo el proyecto de “Los dos desiertos” en fotos, tengo estos fósiles y tengo unos sueños escritos en poesía… Necesito alguien que me de una mano`.  Y comenzamos un proceso de edición y selección de todo el material fotográfico de las cuatro generaciones, de los fósiles, de todo…”.

El tesoro hecho libro

Este hermoso libro-obra contiene fotografías de los “dos desiertos”, una selección de poemas soñados y un registro del tesoro de la caja fuerte de una familia, que ha persistido el deseo de retratar un paisaje. “Más que uno registrando el paisaje, siento que el paisaje nos retrató a todos nosotros durante cuatro generaciones. Es el paisaje el que nos mira, está siempre ahí, pasa el tiempo, pasan las generaciones y el lugar sigue estando. Hay algo del tiempo que es increíble”.

 

El proceso del libro llevó cinco años de trabajo. “Pensé que sería más corto, es la primera obra en forma de libro que realicé y, al tener que ver con un proceso interno personal, los tiempos los marca el proceso y no el deseo de uno. Se prolongó bastante y podría haberlo hecho aún más, pero fue un proceso interno hecho libro”, reflexiona Laura.

 

El Sur en Buenos Aires

“La presentación fue increíble. Con una amiga, que se dedica a hacer book trailers, armamos un video. Así que la presentación fue audiovisual donde proyectamos una película de 3 minutos, pusimos el sonido del viento y yo iba leyendo el prólogo. Todo fue como traer una partecita del Sur a Buenos Aires”.

Una parte de la historia de la Patagonia en una caja fuerte, un abuelo pionero en el desierto patagónico; una familia que sigue rituales y una artista que lleva una parte del Sur en Buenos Aires en forma de arte.

Link: https://www.mejorinformado.com/100-pajaros/2019/11/25/lo-salvaje-aparecio-en-mis-suenos-56130.html

REVISTA SOPHIA | La consagración de lo salvaje (2018)
 

Una fotógrafa, la naturaleza y las infinitas formas que asume la dimensión onírica de la vida, quedan plasmados en una galería impactante.

 

Sus fotografías conmueven, pero no solo eso: también nos llevan de retorno a ese lugar sagrado que es el maravilloso mundo que habitamos. Ríos, montañas, animales, cielos, desiertos y piezas arqueológicas conforman, a través de su lente, postales de ensueño.

Y en cada una de ellas late el secreto anhelo de todo ser humano por ser parte nuevamente de un entorno más salvaje, menos contaminado.

 

“Hace varios años escribo mis sueños y analizo los símbolos que aparecen en ellos. La palabra ordena y permite simbolizar. La imagen la trasciende, es una metáfora que me lleva a un mundo infinito. Este mundo onírico es el que intento representar“. Con esas palabras, la fotógrafa Laura Ferro presenta una parte de ese vasto universo suyo, que está lleno de imágenes y de sueños. Desde allí partió tempranamente para emprender un viaje existencial de exploración y autoconocimiento.

 

Nacida en 1985 en Buenos Aires, su infancia transcurrió entre Península Valdés y San Carlos de Bariloche, en la Patagonia Argentina, donde forjó ese lazo inquebrantable que la une a la naturaleza. De la mano de atardeceres en el campo en los que el tiempo transcurría silencioso y lento, supo encontrar y dejarse atrapar por la belleza.

Y aunque a los 7 años regresó a Buenos Aires, jamás perdió la capacidad de mirar a su alrededor con el mismo asombro de la infancia. Un ejercicio que cultiva y que agradece.

 

Apasionada además por la antropología, las culturas y los símbolos, se formó en Psicología, especializándose en la rama de Carl G. Jung. En la búsqueda de herramientas que le permitieran plasmar su talento, estudió la carrera de Fotografía en la Escuela Creativa de Andy Goldstein y en la Escuela Argentina de Fotografía.

Viajar, mirar, ser parte del paisaje. Su búsqueda artística y vivencial nunca se detiene, quizás por eso Laura logra un registro visual incomparable, atravesando con su cámara aquello que se revela ante sus ojos como un tesoro secreto y universal que merece ser visto. Un trabajo que reúne a la vez metáforas y símbolos, que ella se ocupa de superponer en composiciones llenas de vigor y de sentido.

 

Alma inquieta, acaba de publicar su primer libro de fotografías llamado Lo salvaje apareció en mis sueños (2019), un encuentro entre la vida terrenal y el universo onírico que ofrece el más bello de los regalos: la consagración de la alegría de salir al mundo. Pero también están sus trabajos Tesoros de montaña y Atravesada por el paisaje, donde indaga (una y otra vez) a través de ese designio tan suyo: el de hacer de cada foto una obra de arte.

Link: https://www.sophiaonline.com.ar/imagen/la-consagracion-de-lo-salvaje/

REVISTA SUR  |  Lo salvaje apareció en mis sueños por Diran Sirinian (2019)

Laura Ferro sueña con intensidad, recuerda sus sueños en detalle y los registra sistemáticamente en unos cuadernos. Laura es patagónica; parece sentir y vibrar la Patagonia. Es fotógrafa y psicóloga, y como tal se confiesa de orientación Jünguiana. Como si todo esto fuera poco, heredó un riquísimo legado fotográfico de más de cien años, producido por su bisabuelo, su abuelo, sus tíos abuelos y su padre.

De todo esto nació Lo salvaje apareció en mis sueños. Curiosamente esta publicación nace en vísperas de cumplirse 500 años del primer avistaje de la Patagonia, y de la Península de Valdés, por parte de la Expedición de Magallanes, cuya crónica elaboró Antonio Pigafetta. Ahí nacen los sueños de Laura, “en forma animal”, como ella misma confiesa en la introducción de su libro.


La Patagonia ha sido un caldo de cultivo riquísimo para la imaginación y el relato de numerosos exploradores y cronistas, científicos, misioneros, fotógrafos, artistas, inmigrantes, militares, funcionarios, y hasta diletantes y turistas que se nutrieron de su geografía, topografía, fauna, clima, y culturas originarias. Floreció pues una producción narrativa y visual que a los largo de estos 500 años fue constituyendo un cuerpo imaginario fascinante.

Con sello propio, surgido de las inquietudes de Ferro, y de su historia familiar, Lo salvaje apareció en mis sueños es un singular aporte a esta tradición. Fueron varios años de elaboración y reelaboración, desde que la autora sintió la necesidad de plasmar en un libro lo que había mamado, lo que la rodeaba “allá lejos” y lo que soñaba. No se trató de una misión fácil, precisamente por la falta de linealidad de este conjunto. Con la leal asistencia de Guadalupe Gaona, autora del sugerente Pozo de aire, acompañada de la diseñadora Ana Armendariz y con la intervención, en una segunda etapa de Nicolás Goldberg - valioso aportante al concepto gráfico del libro - Lo salvaje apareció en mis sueños logró salir finalmente a flote con mucho mérito. 

Lo cuestión onírica, es desde el vamos uno de los pilares sobre los cuales Ferro construye la obra. Sobre su tapa azul entelada el libro nos presenta una fotografía de una familia en una playa rocosa de la Península de Valdés: cuatro adultos, una adolescente y un niño en brazos, envueltos por una bruma que no entendemos bien de dónde viene. En el tratamiento de las hojas de guarda y las primeras hojas de guarda y las hojas de cortesía (a menudo minimizadas con algún color liso) radica el siguiente detalle sugerente de la publicación:  Ferro acude a los elementos de su baúl de tesoros para ir decorando el libro, utilizando como recurso visual  documentación cartográfica.

Con sus fotografías tomadas entre 2004 y 2018, Laura convierte el espacio patagónico de la Península Valdés en la primera parte del libro, “Dos Desiertos”: por un lado el desierto externo, tangible, y  por el otro, el de su formación jünguiana, en palabras de la autora “desierto interno, que uno tiene al atravesar una crisis personal, en la búsqueda del deseo, lo existencial”. En un hábil contrapunto de páginas dobles, los espacios vacíos se presentan junto a vastas planicies y mesetas áridas. En medio de esa “infinita esterilidad”, poderosamente abrumadora, encontramos dos imágenes de Laura, que cual arqueóloga y casi mimetizada con el paisaje, explora, busca algo. No sabemos bien qué. 

 

En “Arquetipos de la Patagonia”, la segunda y más voluminosa parte del libro, con otra melodía visual, la autora nos habilita a bucear en su selección (1900-1954) del archivo fotográfico familiar, que ella misma custodió, estudió y editó durante varios años, primero asistida por Guadalupe Gaona, y más recientemente por Goldberg. Presentados en plena doble página, los paisajes del archivo familiar adquieren otra potencia. Con el plano fraccionado en tercios (cielo nublado, mar calmado, tierra deshabitada) una de las imágenes nos remite con elocuencia a los paisajes marítimos de Gustave Le Gray. Esta fotografía nos invita a adentrarnos en el paisaje y descubrir detalles. Estamos recorriendo a vuelo de pájaro, distintas alturas, distintas perspectivas. La imagen sirve además como nexo narrativo, ya que esta segunda parte se inicia con un primer plano de la meseta, una reproducción caligráfica de correspondencia y la referida escena marina, seguida de buques y campamentos con trabajadores, entre tantas otras cautivantes fotos. Vale destacar que también en la marina de las pp. 96-97 resuenan reminiscencias legrayanas.
Laura cumple con destreza su mandato narrativo al editar, ordenar y poner en página estás imágenes. Lo onírico y un fuerte registro simbólico están presentes a los largo de las páginas. 

Las tercera parte del libro, “Sueños”, consiste en lo salvaje de aquel desierto interior, plasmado en 120 años de fotografías del “desierto externo”, que proyectan el inconsciente de la fotógrafa: el mar, la meseta, los acantilados, la fauna del lugar, las ovejas, la familia, los fósiles y, por supuesto, el desierto (sus desiertos).

En el cuarto capítulo del libro, “Epílogo”, Laura explora el archivo familiar exclusivamente a través de fotografías color que cubren el período 1960 a 1978, con un criterio de edición diferenciado de los anteriores. Como lo onírico y lo simbólico,  también el desierto sigue ahí, pero predomina ahora la marca humana. Pero el libro de Laura no concluye con el epílogo. De niña cautivada por Darwin y Ameghino, cuyas obras consultaba en la biblioteca familiar, la autora se dedica sistemáticamente a registrar con su cámara los objetos encontrados por los Ferro en ese desierto.  En un cruce entre arte y ciencia matizado con historia personal (imposible evitar el enorme legado arqueológico de las tierras patagónicas), “Sur” consiste en un hermoso  y sencillo cuadernillo, compuesto de 14 fotografías de objetos prehistóricos y paleontológicos con reminiscencias de Taryn Simon o Alphonse Bertillon. 

THE PHOTOGRAPHER RECREATING 120 YEAR OLD IMAGES OF PATAGONIA  /  Jordan Salama (2020)

Photographer Laura Ferro grew up on the Península Valdés, in Argentina, and has dedicated her life to documenting the history of this coastal part of Patagonia. In her latest project, she recreates 120-year-old images of the remote region, depicting the changing appearance of the landscape over time. Culture Trip reports.

On the long gravel roads of the Península Valdés, you can look through your rearview mirror and see cars coming up behind you from many miles away: they look like mini-tornadoes kicking up dust as they race through the empty Patagonian steppe. Península Valdés is characterized by an almost unfathomable emptiness, different from the Patagonia of the Andes, to the west, where mountains harboring ice-blue glacial lakes and dark-green pine forests loom over you like a postcard. The Patagonia of Península Valdés is more desolate: flat, barren, with foot-high shrubs and endless visibility. There are no planes flying over, indeed there are hardly any buildings here, so at night the yellow-green landscape plunges into pure darkness and silence. On the coast, where sheer cliffs meet crystalline bays and coves (and, of course, the open sea), wildlife abounds: elephant seals, Magellanic penguins, sea lions and if you’re lucky, southern right whales and orcas. To the average visitor, it looks like a world largely unchanged from one or two hundred years ago; to those more intimately familiar with the region, however, even minor changes in the landscape reveal clues about the passage of time.

Laura Ferro, a 34-year-old photographer, is one of these people who can read the landscape. Her ancestors have been herding sheep on the peninsula since her great-grandfather immigrated here from Italy in 1888. Since she was a young girl, she’s heard stories of lonely gauchos out on the steppe, fallen asleep to the eerie songs of distant whales and documented the history of the people and nature of Argentina’s great Patagonian peninsula. “This is a place where the past lives on all around you,” she says. “In fossils that are 30 million years old, in megalodon teeth, in old tools, in sharpened stones. In the landscape itself.”


Ferro has always been fascinated by the concept of time and the different ways it can be made visible – that’s why she became a photographer in the first place. Now, in a new collection of photos called El tiempo es un paisaje (Time Is a Landscape), she’s recreated images that were taken 120 years ago to show what has changed – and what hasn’t. Carrying with her a camera and a trove of black-and-white photographs taken by an unknown visitor to the region at the turn of the 20th century, Ferro has roamed the peninsula and attempted to reconstruct the photos – taking them from the same position, and even going as far as to seek out the same wind and weather conditions. The many similarities that remain leave the few differences exposed. In one of the photos, the natural stone pyramid that once served as the namesake of the only town on Península Valdés – Puerto Pirámides – has crumbled and disappeared. In others, coastal erosion is clear. Despite the changes in the physical landscape, Ferro’s photos are remarkable reconstructions.

“I’m always reconstructing, always reconstructing,” she says with a chuckle.


Patagonia, in all its emptiness, has long attracted writers, artists and thinkers hoping to find meaning in its barren lands. Bruce Chatwin, inspired by a prehistoric bone on his grandmother’s mantel, set off through the south of Argentina in search of people who, for various reasons, were also drawn to Patagonia and decided to settle there; the result was In Patagonia, one of the most famous travelogues ever written. Descriptions in Antoine Saint-Exupery’s The Little Prince are said to have been based on a trip the author took to Península Valdés.
Ferro is drawn to the region because of an innate, deeply personal connection that is inextricably tied to her upbringing. Her first book, Lo salvaje apareció en mis sueños (The Wilderness Appeared in My Dreams) is an ode to that childhood, and the family history that shaped it, in the form of photos and poetry.

In the book, she writes, “As if I were opening an old piece of furniture, I began collecting fossils, classifying maps, arranging photos, drawings, letters, and travel diaries.” And, she continues: “As the archaeologist of our family archives, I was reconstructing my own story.”
It helps that her grandfather, Emilio Ferro, kept an impressive library. His study, in the main house of the estancia that is still in the family today, was lined with dark-wood cabinets filled with original leather-bound volumes of geological and botanical surveys of the region, huge framed maps from centuries past and old photos of her great-grandfather and his fellow gauchos camping out in the fields. In a nearby wooden shed on the property of the main estancia, a creaky door opens onto dressers stuffed with more old papers, journals and ledgers than anyone but Laura knew what to do with.

One of the few mysteries Ferro hasn’t been able to solve, somewhat ironically, is the identity of the anonymous photographer whose work she has spent so much time trying to recreate. She’s narrowed it down to a few possibilities, but she will likely never be completely sure of their name.
What she does say with certainty, after following in their footsteps, is this: “Now I can understand his spirit. Always elevated, looking for the highest point from which he could document the natural world below. After so much climbing, walking, traversing winds and tides, finding the place where the body decides to stop and freeze that moment forever is a feeling like none other.”

https://theculturetrip.com/south-america/argentina/articles/the-photographer-recreating-120-year-old-images-of-patagonia/
 

 © 2020 Laura Ferro